2 de abril de 2008

27 kilómetros, 27 años. (II parte)

Corrían los 80 vertiginosamente, cuando a mis quince años Mecano, sacaba a la luz un disco con nombre propio. Se repetía hasta la saciedad en todas las diales de radio. El tema “Hoy no me puedo levantar” estuvo más de dos meses en los número uno de ventas. Por otro lado, a través de una amiga del instituto, que no tomaba apuntes en clase jamás, que tocaba la guitarra española cuando hacía rabona, y que era la alumna más destacada del centro, descubría a Supertramp, y su obra maestra “Even in the Quietest Moments”. A escondidas de mi padre, estrené en su tocadiscos el primer vinilo que compré con mis escasos ahorros, y no me cansada de escuchar “Fool’s Overture”. Durante los más de diez minutos que dura la pieza, que considero una obra de arte, chapurreaba la letra en mi patético inglés, con el vello erizado al abrigo del eco de las campanadas de fondo.
Años en los que vestí los primeros vaqueros ajustados, calcé botas vaqueras que lustraba con grasa de caballo apestando toda la casa, en los que me corté demasiado el flequillo, en los que fumé los primeros cigarrillos, y en los que escondí (mal escondidos) los primeros besos en los labios de otro quinceañero, cuyo rostro olvidé.
Ya entonces me había enamorado del Puerto de Santa María, un pueblecito famoso por su marisco, sus playas, y un ambiente tan cosmopolita, que me subyugó. Algún que otro domingo, mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí, para darle una mariscada a mi madre, buscando el perdón de ella, después de una disputa matrimonial. Ya estábamos acostumbrados, tanto a las trifulcas como a las reconciliaciones.
Juré que cuando fuese mayor, viviría allí, en el Puerto. Una ventana inmensa al Atlántico.

1 comentario:

Carmen Alanís dijo...

carmen!

y si viviste en el puerto de santa maría?

se me antoja tanto el sur del sur.. estoy preparándome, quiero vivir en españa un tiempo... besos y abraxos