
Sus pieles opacas se marchitaron acompasadas.
-Amor eterno -dijo ella un día.
-Amor te tengo-confesó el otro.
En esos días nadie sabía quienes eran. Se mezclaban entre los mortales, y pasaban desapercibidos. Sus risas eran privadas y se escurrían anónimas en el aire. Sus pieles eran tersas y el brillo de sus ojos compartido.
Crecieron y se hicieron.
No a semejanza.
Y se acoplaron en perfecta alianza.
-Amor eterno -dijo ella un día.
-Amor te tengo-confesó el otro.
En esos días nadie sabía quienes eran. Se mezclaban entre los mortales, y pasaban desapercibidos. Sus risas eran privadas y se escurrían anónimas en el aire. Sus pieles eran tersas y el brillo de sus ojos compartido.
Crecieron y se hicieron.
No a semejanza.
Y se acoplaron en perfecta alianza.
Ahora todos saben quienes son. Se los conoce como los locos de atar que se profesan amor eterno.
Los que se exiliaron a sí mismos de la monótona cordura.
Los felices.
Los envidiados.
Los nunca divorciados. Los raros.
Los que se han inmortalizado a sí mismos.