23 de enero de 2008

T.

T. entró en mi vida hace ya un par de años. Tras varios meses de duelo, dícese del tiempo que cada cual necesita para llorar amargamente, regodearse en su propia mierda, y tocar fondo para coger impulso y comenzar el ascenso, la conocí. No llamó especialmente mi atención el primer día. Ni el segundo. Ni el tercero... y no precisamente por su culpa. Era yo la que no estaba receptiva en absoluto.
Hasta que un día, asomó a la superficie un detalle de su carácter, que me cautivó para siempre. Tímidamente, como un diminuto iceberg sobre un horizonte, resurge y se erige firme su principal virtud, la compasión. Cuanto más buceaba en las aguas de su personalidad, con más nitidez veía el fondo enorme, la base de ese iceberg. Han sido muchas las corrientes marinas que nos han arrastrado a ambas, las tormentas brutales que nos han azotado a ambas, los escollos traicioneros que nos han golpeado a ambas... y ahí sigue T.
T. siempre me escucha.
T. siempre me llama.
T. siempre tiene consejos para mí.
Ella, sin lugar a dudas, ha contribuido altruistamente con su infinito cariño, en mi renacer. En la persona que ahora soy.
Y yo, que a veces no estoy a la altura, sé que soy muy afortunada. Que pocos tesoros guardo en mi corazón, pero uno.. inmenso... es mi amiga T.

1 comentario:

Una Sombra dijo...

Desde mi infierno particular, desde mi bosque de sombras, que me pertenece sólo a mí, como te dije, te sigo leyendo. Un relato maravilloso y muy bello.

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